SIN ESCAPE
Una historia de Severgorsk
Capítulo 1 — Severgorsk
El helicóptero vibra con cada ráfaga de viento que cruza el valle. Dmitri va sentado junto a la puerta, el rifle entre las piernas, mirando cómo Severgorsk se asoma entre la neblina de la madrugada.
—Ahí está —dice el sargento por el intercomunicador—. Bajamos a mil metros, observamos, y volvemos. Nada de heroísmos.
Igor, al frente suyo, se ríe sin ganas.
—Como si alguna vez fuera tan simple.
No responde. Tiene la vista clavada en la ciudad. Algo no calza. Hay columnas de humo en al menos cuatro puntos distintos, pero no se ve fuego activo, como si llevaran horas ardiendo sin que nadie las apague. Las calles principales están vacías. No hay tráfico, no hay luces, no hay nada que indique que ahí vive medio millón de personas.
—Comando, aquí Águila Uno —dice el sargento—. Confirmamos actividad anómala en el sector industrial. Solicito autorización para sobrevuelo bajo.
Silencio. Estática.
—Comando, repito.
Nada.
—Perdimos la frecuencia —informa el piloto, sin volverse—. No es solo la radio. El GPS también se cayó.
El sargento maldice por lo bajo y hace un gesto con la mano: sigan, igual.
El helicóptero desciende. Los edificios pasan bajo sus pies, ventanas rotas, un auto volcado en mitad de una avenida. Y entonces lo ve: en el techo de un edificio de departamentos, una figura. Inmóvil. Con algo apuntando hacia ellos.
—¡Contacto! —grita, pero ya es tarde.
El impacto suena como un trueno seco. El helicóptero se sacude con violencia, una alarma empieza a chillar, y el piloto grita algo que nadie alcanza a entender. Dmitri se aferra al asiento mientras el mundo gira: el horizonte sube, baja, se inclina noventa grados. Igor tiene los ojos abiertos como platos, gritando algo que el rugido del motor moribundo se traga entero.
El impacto contra el suelo deja a Dmitri sin aire. Todo se vuelve blanco por un segundo, y después negro.
* * *
Cuando abre los ojos, lo primero que siente es el olor: combustible quemado, tierra revuelta, sangre. Está tirado a varios metros del fuselaje, que arde despacio en medio de lo que antes era un patio de carga.
—¡Dmitri! —la voz de Igor, ronca, cerca.
Logra incorporarse a medias. Su amigo está a su lado, con un corte profundo en la ceja que le baja sangre por la mejilla, pero de pie, funcional. Entre los dos buscan al resto. No encuentran a nadie más con vida hasta que ven al sargento, arrastrándose lejos del fuselaje, una pierna doblada en un ángulo que no debería existir.
Se acercan a ayudarlo. Y entonces los rodean.
Aparecen de entre los escombros, de los edificios, de las sombras de un callejón cercano. Seis, siete hombres armados, con uniformes que no son de ningún ejército que Dmitri reconozca: piezas mezcladas, brazaletes con un símbolo que nunca ha visto, caras cubiertas.
—¡Manos arriba! —grita uno de ellos en ruso, con un acento extraño, como si el idioma no fuera del todo suyo.
Levantan las manos. El sargento, en el suelo, intenta hacer lo mismo, pero el dolor se lo impide.
Un hombre se acerca, examina al sargento un segundo, sin compasión, sin curiosidad siquiera. Como quien revisa mercadería dañada.
—Este no sirve —dice, y le dispara en la cabeza sin más trámite.
El estruendo del disparo deja a Dmitri paralizado. Igor suelta un sonido ahogado, algo entre grito y sollozo que no llega a salir. El cuerpo del sargento queda inmóvil sobre el asfalto manchado.
El hombre que disparó los mira a ellos dos, como evaluando si vale la pena la misma molestia.
—Estos quizás sirvan —dice finalmente—. Llévenlos.
Dos de los hombres avanzan con cuerdas en las manos. Dmitri busca los ojos de su amigo, y en ellos no encuentra ningún plan, ninguna salida. Solo el mismo terror crudo que siente él.
Severgorsk los acaba de tragar.
Capítulo 2 — Cautivos
Los atan de manos y los obligan a caminar entre los escombros del patio de carga. Igor cojea levemente —se torció algo en la caída—, pero ninguno de los captores parece dispuesto a esperar. Empujones, culatazos cuando el ritmo no convence.
—No hables —murmura uno de los hombres armados, sin que nadie le haya preguntado nada. Como si la sola idea de un prisionero abriendo la boca le molestara.
Cruzan dos calles. El silencio de Severgorsk es lo que más perturba: ni sirenas, ni gritos, ni el ruido normal de una ciudad en guerra. Solo el eco de sus propios pasos y el crepitar lejano del fuselaje aún ardiendo.
Los meten en lo que alguna vez fue una bodega industrial. Adentro, otros cautivos: una decena de personas sentadas contra la pared, algunas con uniforme militar ruso, otras de civil. Nadie habla. Nadie levanta la vista cuando entran.
Los sientan junto a una columna de metal oxidado y les atan también los tobillos.
—Esperen aquí —dice el que parece estar a cargo, y se aleja con el resto hacia una oficina al fondo de la bodega.
Igor se acerca lo más que puede, hombro contra hombro.
—¿Plan? —susurra.
—Todavía no —responde Dmitri, en voz casi inaudible—. Primero hay que ver cuántos son, dónde están las salidas.
Cuenta: cinco hombres visibles, todos armados, dos puertas —la principal, por donde entraron, y otra lateral medio oculta tras unas estanterías vacías—. Hay ventanas altas, mugrientas, demasiado pequeñas para pasar un cuerpo adulto.
Pasan las horas. Nadie les trae agua. Uno de los otros cautivos, un hombre mayor con el uniforme militar sucio de sangre seca, los mira de reojo.
—Recién caídos, ¿no? —pregunta, casi sin mover los labios.
Dmitri asiente apenas.
—Helicóptero —murmura.
El hombre suelta una risa corta, sin alegría.
—Bienvenidos al club. Llevo aquí cuatro días.
—¿Quiénes son ellos? —pregunta Igor.
—Nadie lo sabe con certeza. No son del gobierno. No son rebeldes tampoco, al menos no de los que peleaban antes de que esto se pusiera así. —El hombre baja la voz aún más—. Seleccionan a la gente. A unos los fusilan ahí mismo. A otros se los llevan, y no vuelven.
Un escalofrío recorre a Dmitri que nada tiene que ver con el frío de la bodega.
—¿Llevan a dónde?
—Eso no se sabe.
La conversación muere ahí: uno de los captores se acerca, y el hombre mayor agacha la cabeza de inmediato, vuelve al silencio entrenado del que ya sabe las reglas.
Cae la noche. La bodega se llena de sombras largas que se proyectan desde una sola lámpara colgante, lejos, junto a la oficina. Los captores se turnan, dos siempre despiertos, los demás duermen apoyados contra cajas.
Es Igor quien lo nota primero.
—La puerta lateral —susurra, apenas moviendo los labios—. No tiene guardia.
Dmitri sigue su mirada. Tiene razón: la atención está puesta en la entrada principal, donde se ve movimiento ocasional de otros hombres armados entrando y saliendo. La puerta lateral, medio tapada por las estanterías, lleva horas sin que nadie se acerque.
—Las cuerdas —dice él, casi sin sonido—. Necesito soltarme primero.
Tantea detrás de su espalda. El nudo es tosco, hecho con prisa, y encuentra un cabo suelto. Tarda varios minutos, sintiendo cada segundo como una eternidad, hasta que la cuerda cede.
Se inclina hacia Igor y trabaja el nudo de su amigo en silencio. Cuando también queda libre, ninguno se mueve todavía. Esperan. Cuentan los turnos de los guardias, el ritmo de sus pasos, el momento exacto en que la atención decae.
—Cuando apaguen la lámpara para cambiar turno —murmura Igor—, ahí.
Dmitri asiente. No hay plan más allá de eso: correr, llegar a la puerta lateral, perderse en la ciudad antes de que alguien note que faltan dos cuerpos contra la pared.
La lámpara parpadea. Se apaga un instante mientras alguien cambia la batería.
Y corren.
Capítulo 3 — La Huida
La oscuridad los traga apenas cruzan la puerta lateral. Atrás, un grito —alguien notó el movimiento, o tal vez solo el aire frío que entró de golpe— pero ya no hay vuelta atrás.
—¡Por ahí! —indica Igor, señalando un callejón angosto entre dos galpones.
Corren agachados, pegados a los muros. Dmitri escucha gritos en ruso, órdenes confusas, el sonido metálico de armas cargándose. Un disparo rompe el silencio, lejos, sin dar en nada cercano. Disparo de advertencia, o de pánico.
El callejón desemboca en una calle más ancha, llena de escombros: ladrillos, vidrios rotos, un poste de luz caído atravesado de lado a lado. Trepan por encima sin detenerse, sin mirar atrás todavía.
—¡Aquí! —Igor tira de su brazo hacia la entrada de un edificio a medio derrumbar.
Se meten adentro justo cuando un haz de linterna barre la calle que acaban de cruzar. Contienen la respiración, pegados a una pared agrietada, escuchando pasos que se acercan y luego se alejan, dudando, sin encontrar el rastro.
Pasan varios minutos así, inmóviles, hasta que el silencio vuelve a instalarse afuera.
—Creo que los perdimos —susurra Igor, aunque la voz le tiembla.
—Por ahora.
Suben dos pisos por una escalera medio derrumbada, buscando algo de altura, algo de perspectiva. Desde una ventana sin vidrio, la ciudad se extiende en sombras: edificios apagados, alguna fogata distante, el resplandor anaranjado del fuselaje del helicóptero todavía ardiendo a varias cuadras de ahí.
—Necesitamos salir de Severgorsk —dice Dmitri, más para sí mismo que para Igor—. No quedarnos a investigar nada. Salir.
Igor asiente, apretando los dientes para que no le castañeteen.
—¿Hacia dónde?
Intenta ubicarse. La ciudad cae en un valle, recuerda del sobrevuelo antes del impacto: hacia el norte, las colinas; hacia el sur, lo que parecía una carretera principal, ahora probablemente cortada o vigilada.
—Las colinas —decide—. Si salimos del área urbana, tenemos más opciones. Buscar una frecuencia de radio, una señal, lo que sea.
No suena a un plan sólido. Suena a lo único que tienen.
Bajan de nuevo a la calle cuando el cielo empieza a aclarar apenas en el horizonte, una franja gris que anuncia el amanecer. Avanzan rápido, evitando las calles abiertas, cortando por patios traseros y construcciones a medio caer.
En una esquina, Igor se detiene en seco, una mano en el pecho de Dmitri para frenarlo también.
Más adelante, en mitad de una plaza pequeña, hay un cuerpo. Civil, no captor. Tirado boca abajo, ya sin vida hace tiempo, a juzgar por la posición rígida.
—No paremos —murmura Dmitri, tirando del brazo de Igor.
Rodean la plaza por el costado, sin acercarse más de lo necesario. El amanecer avanza, y con él el riesgo de que los vean a plena luz.
Llegan al límite de la zona urbana cuando el sol ya está sobre el horizonte. Frente a ellos, una franja de terreno abierto y, más allá, las primeras colinas que vio Dmitri desde el helicóptero.
—Hay que cruzar rápido —dice—. Sin cobertura, estamos expuestos.
Igor mira hacia atrás, hacia la ciudad que dejan detrás, hacia el humo que sigue subiendo en varios puntos.
—¿Y si alguien más sigue vivo allá? ¿De los nuestros?
Dmitri no tiene respuesta para eso. Solo niega con la cabeza, despacio.
—Ahora mismo, lo único que podemos hacer es no morir nosotros también.
Cruzan el terreno abierto corriendo, sin mirar atrás, hasta perderse entre los primeros árboles de la colina.
Severgorsk queda atrás. Pero ninguno de los dos cree, ni por un segundo, que ya están a salvo.
Capítulo 4 — Lo Que Dejó la Guerra
Las colinas les dan algo de altura, pero también una vista que ninguno de los dos quería tener.
Desde ahí arriba, Severgorsk se ve completa por primera vez, y lo que se ve no tiene sentido. Hacia el sector norte, una columna de humo negro y espeso sube sin parar: el hospital regional, reconoce Dmitri por la forma del edificio, ardiendo desde hace quién sabe cuánto tiempo. Nadie lo está combatiendo. No hay camiones de bomberos, no hay actividad alrededor, solo el fuego consumiéndose solo.
—Mira eso —dice Igor, señalando hacia una avenida que corre paralela a la colina.
Una fila de vehículos militares, cuatro o cinco, volcados o calcinados, bloquea por completo la calzada. Algunos todavía humean. No parece un combate organizado: los vehículos están dispersos en ángulos extraños, como si los hubieran atacado de varios lados a la vez, o como si hubieran intentado escapar de algo y no lo hubieran logrado.
—Eso no es de una emboscada normal —murmura Dmitri, estudiando la escena—. Mira las distancias entre los vehículos. Muy separados para una columna en marcha.
—¿Entonces qué?
No tiene respuesta. Bajan un poco por la ladera, buscando un ángulo más cercano sin exponerse del todo, y desde ahí distinguen más detalles: ningún cuerpo visible cerca de los vehículos. Ni de los soldados, ni de quien los haya atacado.
—¿Dónde están los cuerpos? —pregunta Igor, con la voz baja, casi para sí mismo.
Es la pregunta correcta. En una emboscada así, debería haber muertos por todos lados. No hay ninguno.
Siguen avanzando por el perímetro de la ciudad, manteniéndose siempre fuera del alcance visual de las calles principales. Pasan junto a lo que fue un puesto de control: sacos de arena desparramados, una ametralladora abandonada sobre su trípode, sin nadie operándola, el cargador todavía puesto.
Dmitri se acerca lo suficiente para verificar que está cargada, y se la cuelga al hombro sin decir nada. Igor toma una pistola que encuentra tirada junto a los sacos, revisa el cargador, asiente.
—Algo de protección, al menos —dice.
Más adelante, el hospital sigue ardiendo a la distancia, y entre el humo, Dmitri cree distinguir algo en el techo: una antena, o quizás un equipo más grande, retorcido y ennegrecido por el fuego. No alcanza a identificarlo bien desde tan lejos.
—¿Viste eso? —pregunta, señalando.
Igor entrecierra los ojos.
—¿Qué cosa?
—En el techo. Algo no es solo estructura del hospital.
No tienen tiempo de acercarse a confirmar. El sonido de un motor, lejano pero claro, los obliga a agacharse entre la maleza. Un vehículo cruza una de las calles más abajo, despacio, como patrullando. No es de los uniformes que los capturaron: lleva insignias distintas, más parecidas al ejército ruso regular.
—Otra facción —murmura Igor—. Genial.
Esperan a que el vehículo desaparezca de vista antes de seguir moviéndose, esta vez más rápido, con menos pausas para mirar. Lo que han visto ya es suficiente para confirmar algo que ninguno de los dos quiere decir en voz alta todavía: lo que pasó en Severgorsk no es una guerra civil común.
Es algo más raro. Y más peligroso.
Siguen el borde de la colina hacia el oeste, buscando un punto donde puedan alejarse definitivamente de la ciudad sin cruzarse con más patrullas.
Capítulo 5 — Fuego Cruzado
El plan es simple: bordear la colina, evitar la calle donde vieron el vehículo, y seguir alejándose hacia el oeste. El plan dura poco.
Bajan por una ladera más empinada, buscando un atajo entre dos construcciones derruidas, cuando el mismo vehículo de antes aparece de frente, esta vez detenido en mitad de la calle, con tres hombres uniformados parados junto a él. Insignias del gobierno, fusiles en posición, sin la urgencia de quien busca algo: más bien la calma de quien controla el territorio.
Igor se congela. Dmitri tira de él hacia atrás, detrás de un muro a medio caer, justo antes de que los vean.
—Mierda —susurra Igor—. ¿Nos vieron?
Silencio. Espían por una grieta en el muro. Los tres hombres siguen ahí, sin alterarse, fumando, hablando entre ellos en voz baja.
—No —responde Dmitri, igual de bajo—. Pero estamos atrapados entre ellos y la ladera.
Buscan otra ruta con la mirada. A la izquierda, un edificio sin techo bloquea el paso. A la derecha, un pasaje angosto entre dos casas, oscuro, sin garantía de a dónde lleva.
—Por ahí —decide, señalando el pasaje.
Se mueven agachados, lo más silenciosos posible. A mitad de camino, una piedra suelta cede bajo el pie de Igor y rueda con un ruido seco contra el suelo.
—¡Oye! —grita uno de los hombres del vehículo—. ¿Quién anda ahí?
No esperan a ver qué pasa después. Corren.
El pasaje desemboca en un patio trasero cerrado por una reja oxidada. Sin tiempo para buscar otra salida, Dmitri se lanza contra ella con el hombro; cede con un crujido, abriéndose lo justo para pasar.
Detrás, los gritos se multiplican. Más de tres voces ahora, refuerzos que no esperaban tener tan cerca.
Cruzan el patio justo cuando las primeras balas impactan contra la pared a su espalda, levantando esquirlas de concreto. Igor suelta un grito ahogado, pero sigue corriendo, sin detenerse a comprobar si lo alcanzaron.
—¡Aquí! —Dmitri encuentra una puerta entreabierta hacia el interior de otra construcción, y los dos se meten justo cuando una ráfaga barre el espacio que acaban de dejar.
Adentro, oscuridad y olor a humedad. Reconocen, por instinto más que por vista, que están en lo que fue una tienda pequeña: estanterías volcadas, vidrios rotos en el suelo, todo cubierto de polvo.
—¡Atrás, al fondo! —susurra Igor, ya recuperando el aliento.
Se esconden detrás del mostrador justo cuando los pasos de los soldados se acercan a la entrada. Una linterna barre el interior, iluminando estantes vacíos, sin detenerse en su escondite.
—Acá no hay nadie —dice una voz afuera, después de un momento—. Se nos perdieron.
—Sigan buscando por el callejón —responde otra—. No pueden haber llegado lejos.
Los pasos se alejan. Esperan, conteniendo la respiración, hasta que el silencio vuelve a instalarse.
—Eso estuvo cerca —murmura Igor, dejándose caer sentado contra el mostrador.
—Demasiado.
Esperan varios minutos más antes de moverse, asegurándose de que la patrulla no vuelva. Cuando por fin se asoman, la calle está vacía otra vez.
—Tenemos que pensar mejor las rutas —dice Dmitri, revisando la munición que les queda—. No podemos seguir cruzando a ciegas.
Igor asiente, todavía con la respiración agitada.
—¿Y ahora? ¿Seguimos hacia el oeste?
Mira hacia afuera, calculando. La colina sigue ahí, más cerca ahora, pero el camino directo ya no es opción: las patrullas del gobierno se mueven justo por esa zona.
—Necesitamos otra ruta —dice, estudiando lo que alcanza a ver del entorno desde la puerta—. Si esa patrulla controla esta zona, probablemente hay más cerca de aquí.
Salen de la tienda con cuidado, pegados a las paredes, evitando los espacios abiertos. El sol ya está alto, lo que no ayuda: cada calle despejada es un riesgo de que los vean desde lejos.
Avanzan dos cuadras más sin incidentes, hasta que un sonido los detiene en seco: motores, varios, acercándose desde el este.
—Más vehículos —dice Igor, asomándose apenas por una esquina—. Tres, parecen.
Dmitri observa también. No son del gobierno esta vez: insignias distintas, más improvisadas, pintadas a mano sobre la carrocería. La misma facción que los capturó en la bodega.
—Se están enfrentando —murmura, al ver cómo los vehículos del gobierno, estacionados más adelante, abren fuego contra los recién llegados.
El cruce se vuelve un caos de disparos y gritos. Ninguno de los dos bandos parece notar a Dmitri e Igor, demasiado ocupados peleando entre ellos.
—Es nuestra oportunidad —dice Dmitri—. Mientras se distraen entre ellos.
Aprovechan el caos para cruzar una calle lateral, alejándose del cruce de fuego sin que nadie los note. Detrás, el combate sigue, disparos esporádicos, alguna explosión más lejana.
—¿Por qué se pelean entre ellos? —pregunta Igor, una vez que el ruido empieza a quedar atrás—. Pensé que el gobierno controlaba la ciudad.
—Yo también —responde Dmitri, sin dejar de avanzar—. Pero parece que no son los únicos que la quieren controlar.
Llegan a un punto donde la ciudad empieza a dar paso a construcciones más dispersas, casas bajas, terrenos baldíos. La colina ya está cerca, esta vez sin patrullas a la vista.
—Ahora sí —dice Dmitri, señalando hacia el oeste—. Sin paradas.
Cruzan el último tramo abierto corriendo, sin mirar atrás, hasta perderse entre los árboles dispersos al pie de la colina.
Capítulo 6 — La Colina
El bosque que sube por la ladera no es denso, pero alcanza para perderse de cualquier vista desde la ciudad. Caminan hasta que las piernas empiezan a fallarles, y recién ahí se permiten parar, ocultos entre unas rocas grandes que forman una especie de hueco natural.
—Necesitamos descansar —dice Igor, dejándose caer contra la piedra—. Aunque sea un rato.
Dmitri no discute. Revisa el perímetro una última vez antes de sentarse también, el arma sobre las piernas, los ojos todavía alerta pese al cansancio.
Pasan un momento en silencio, recuperando el aliento. Es Igor quien lo rompe primero.
—¿Qué viste antes? En el hospital. Dijiste que había algo en el techo.
Dmitri lo piensa un momento, tratando de ordenar la imagen en su cabeza.
—Algo retorcido, metálico. Muy grande para ser solo una antena de comunicaciones. Y estaba muy cerca del incendio, como si el fuego hubiera empezado justo ahí.
—¿Crees que tiene que ver con todo esto?
—No sé qué pensar todavía.
El silencio vuelve, esta vez más largo. Desde donde están, alcanzan a ver parte de la ciudad entre los árboles: el humo del hospital, más delgado ahora pero todavía presente, y más lejos, una segunda columna de humo nueva, probablemente del enfrentamiento que dejaron atrás.
—Esto no es una guerra civil normal —dice finalmente Igor, con la voz más baja de lo habitual—. Una guerra civil tiene bandos claros. Esto parece... no sé. Como si todos pelearan contra todos.
—O como si todos estuvieran buscando lo mismo —responde Dmitri—. Y ninguno quisiera que el otro lo encuentre primero.
Igor lo mira, esperando que desarrolle la idea, pero Dmitri tampoco tiene mucho más que ofrecer. Es solo una sensación, una corazonada construida con fragmentos: los vehículos sin cuerpos, el hospital ardiendo solo, las facciones peleando entre ellas sin un objetivo claro más allá del control del territorio.
Descansan un rato más, turnándose para vigilar mientras el otro cierra los ojos brevemente. El sol empieza a bajar otra vez cuando deciden seguir moviéndose, esta vez bordeando la colina hacia el oeste, buscando algún punto donde la ciudad quede completamente atrás.
A media tarde, encuentran algo que no esperaban: una pequeña casa de campo, aislada, con humo saliendo de la chimenea. La primera señal de vida normal que ven desde que cayeron.
Se acercan con cautela, escondidos entre los árboles, observando un rato antes de decidir nada.
—¿Arriesgamos? —pregunta Igor.
Dmitri estudia la casa: ninguna señal de armamento, ninguna bandera ni insignia, solo el humo subiendo tranquilo desde la chimenea, como si quien vive ahí no supiera —o no quisiera saber— lo que pasa en la ciudad.
—Con cuidado —decide—. Necesitamos información. Y tal vez algo de comida.
Salen de entre los árboles, las manos visibles, sin apuntar las armas, y caminan despacio hacia la puerta de la casa.
Capítulo 7 — El Infierno Desde Lejos
Apenas llegan a la puerta de la casa, un estruendo lejano los hace girar de golpe. Hacia el este, sobre la ciudad, una explosión enorme levanta una columna de fuego que ilumina el cielo de la tarde por un segundo entero.
—¿Qué fue eso? —pregunta Igor, ya con el arma lista.
No alcanzan respuesta. Una segunda explosión sigue a la primera, más cerca esta vez, y luego una tercera. El suelo tiembla apenas bajo sus pies.
La puerta de la casa se abre antes de que tengan que tocarla: un hombre mayor, con el rostro curtido y los ojos asustados, los mira un instante antes de hablar.
—Adentro. Rápido.
No discuten. Entran justo cuando un cuarto estallido resuena, esta vez con un sonido distinto, más grave, como si algo grande hubiera caído del cielo.
Desde la ventana de la casa, con la luz apagada para no llamar la atención, observan la ciudad en la distancia. Lo que ven no tiene comparación con nada de lo que han presenciado hasta ahora.
Decenas de hombres armados se mueven entre las calles, visibles incluso desde lejos por los destellos de los disparos. No son dos facciones esta vez: parecen ser tres, quizás cuatro grupos distintos, todos disparándose entre sí en una confusión total. Vehículos en llamas bloquean varias intersecciones. El cielo, antes despejado, ahora está cruzado por columnas de humo que se mezclan unas con otras.
Y entonces lo ven: un helicóptero, distinto al suyo, intentando ganar altura sobre el caos, hasta que una luz brillante sube desde el suelo y lo impacta de lleno. La aeronave gira sobre sí misma, fuera de control, y desaparece detrás de los edificios con un fogonazo que ilumina toda esa zona de la ciudad.
—Dios —murmura Igor, sin poder apartar la vista.
Un segundo helicóptero corre la misma suerte minutos después, derribado desde otro punto de la ciudad. Quien sea que esté luchando ahí abajo tiene capacidad para tirar aeronaves del cielo, y eso cambia por completo la idea que Dmitri tenía de lo que está pasando en Severgorsk.
—Esto no es una pelea entre milicias improvisadas —dice, más para sí mismo—. Nadie consigue ese tipo de armamento así como así.
El hombre mayor, parado detrás de ellos, asiente despacio.
—Llevan así desde ayer. Cada día peor.
—¿Sabe quiénes son? ¿Por qué pelean? —pregunta Dmitri, girándose hacia él.
El hombre niega con la cabeza, la mirada perdida en la ventana.
—Nadie sabe nada con certeza. Solo que empezó en el hospital, hace unos días. Después de eso, todo se volvió así.
Afuera, las explosiones continúan, más distantes ahora, como si el frente de batalla se moviera hacia otro sector de la ciudad. El resplandor naranja del fuego se refleja en el rostro de Igor, que sigue sin decir nada, todavía procesando la magnitud de lo que acaban de presenciar.
Dmitri se aparta de la ventana finalmente, el corazón todavía acelerado.
—Tenemos que salir de esta zona antes de que el frente llegue hasta acá.
El hombre mayor asiente, ya moviéndose hacia el fondo de la casa.
—Hay un camino, detrás del cerro. Pocos lo conocen. Los puedo guiar hasta ahí, pero después de eso, están solos.
Capítulo 8 — La Patrulla
El hombre los guía por un sendero angosto detrás de la casa, apenas visible entre la maleza, mientras a lo lejos el resplandor de los incendios sigue tiñendo el cielo de naranja.
—Este camino baja hasta la antigua ruta de servicio —explica, sin detener el paso—. Casi nadie lo usa desde que empezó todo esto.
Caminan en silencio el resto del trayecto, los tres atentos a cualquier sonido fuera de lugar. Cuando llegan al final del sendero, el hombre se detiene.
—Hasta aquí los puedo acompañar —dice—. La ruta sigue derecho, hacia el oeste. Cuídense.
Antes de que puedan agradecerle como corresponde, ya está de vuelta por donde vinieron, perdiéndose entre los árboles.
Dmitri e Igor siguen la ruta de servicio, una huella de tierra apenas marcada entre la vegetación. No han avanzado mucho cuando el sonido de un motor los hace tirarse al suelo, ocultos entre unos matorrales.
Una patrulla policial avanza despacio por la ruta, las luces apagadas, como si patrullara sin demasiado interés. Se detiene a pocos metros de donde están escondidos. El conductor baja, se aleja unos pasos hacia el costado del camino, de espaldas a ellos.
Igor mira a Dmitri, entendiendo de inmediato la oportunidad.
—¿Lo hacemos?
Dmitri asiente apenas. Se mueven con cuidado, manteniéndose agachados, hasta llegar al vehículo por el lado contrario a donde está el conductor. La puerta está sin seguro.
—Las llaves siguen puestas —susurra Igor, ya sentado en el asiento del conductor.
—Vamos, ahora.
El motor enciende con un rugido que rompe el silencio. El policía gira de golpe, gritando algo que se pierde bajo el ruido, corriendo hacia el vehículo justo cuando Igor acelera y arranca por la ruta.
Por el espejo retrovisor, Dmitri ve al hombre quedarse atrás, cada vez más pequeño, sin disparar, tal vez demasiado sorprendido para reaccionar a tiempo.
—¡Lo logramos! —grita Igor, con algo parecido a una risa nerviosa escapándosele.
Avanzan por la ruta de servicio durante varios minutos, ganando distancia de la ciudad, hasta que el camino se une a una carretera más amplia, vacía en ambas direcciones.
—¿Hacia dónde? —pregunta Igor, bajando un poco la velocidad.
Dmitri mira el horizonte. La ciudad va quedando atrás, el resplandor de los incendios cada vez más débil entre los cerros.
—Lejos de aquí. Lo demás lo pensamos después.
Igor pisa el acelerador, y la patrulla robada se pierde por la carretera, dejando Severgorsk reducido a una mancha de humo en el espejo retrovisor.
Capítulo 9 — El Precio del Camino
La carretera serpentea entre cerros bajos, vacía, sin señales de vida en ningún sentido. Por primera vez desde el derribo del helicóptero, algo parecido a la calma se instala entre ellos.
—Creo que lo logramos —dice Igor, las manos todavía firmes en el volante, aunque la voz le tiembla apenas, mezcla de cansancio y alivio.
Dmitri no responde de inmediato. Sigue revisando los espejos, el camino adelante, cualquier señal de que algo no esté bien. La calma nunca le ha parecido del todo confiable.
Un cartel oxidado aparece a un costado del camino, medio caído: una bifurcación. Hacia la izquierda, la ruta principal sigue derecho. Hacia la derecha, un camino más angosto, sin pavimentar, que se interna entre los cerros.
—La principal está más vigilada, seguro —dice Dmitri—. Probemos el otro camino.
Igor gira el volante, y la patrulla deja el asfalto por la tierra suelta del camino lateral.
Avanzan unos minutos más, el vehículo dando tumbos sobre el terreno irregular, cuando algo en el suelo, apenas visible entre el polvo, hace que Dmitri se incorpore de golpe.
—¡Para!
Demasiado tarde. La rueda delantera pasa sobre algo que no debería estar ahí, y el mundo entero se sacude con una explosión que levanta el costado del vehículo del suelo.
Todo da vueltas. El golpe contra el cinturón saca el aire de los pulmones de Dmitri, y por un segundo, el silencio después del estruendo es total, como si el sonido mismo hubiera desaparecido del mundo.
Cuando recupera el oído, lo primero que escucha es un quejido. Igor, a su lado, sujetándose la pierna con ambas manos, la cara contraída de dolor.
—¡Igor!
—Estoy bien —miente, con la voz quebrada—. Estoy bien.
No lo está. La pierna tiene un corte profundo, sangrando con fuerza, y al moverla apenas, el dolor le arranca un grito que no logra contener.
Dmitri sale del vehículo, ahora volcado de costado, y lo ayuda a salir también, con cuidado de no forzar la pierna herida. Arranca un trozo de tela de su propia ropa y la ata con fuerza por encima de la herida, lo más firme que puede sin lastimarlo más.
—Tienes que aguantar —dice, mientras trabaja—. ¿Me escuchas? Tienes que aguantar.
Igor asiente, los dientes apretados, el rostro pálido.
No hay vehículo que los lleve ahora. No hay más caminos que recorrer en auto. Solo queda caminar, y con la pierna de Igor así, eso significa que Dmitri tendrá que cargarlo, o al menos sostenerlo, el resto del trayecto.
—¿Hasta dónde? —pregunta Igor, apoyándose en él, ya de pie a duras penas.
—Vi un puesto militar marcado en el mapa, antes de que perdiéramos las comunicaciones. A unos kilómetros de aquí, fuera de la zona de conflicto.
—¿Y si no es de los buenos?
—No tenemos otra opción.
Cargando a Igor del brazo sobre sus hombros, Dmitri empieza a caminar, paso a paso, lejos del vehículo destruido y del camino minado que casi les cuesta la vida.
El sol empieza a bajar otra vez, y con él, las fuerzas de ambos. Pero ninguno de los dos se detiene.
Capítulo 10 — Puesto Fronterizo
Caminan durante horas. El sol se pone, y la oscuridad los obliga a avanzar más despacio, guiándose apenas por la luna y el recuerdo del mapa que Dmitri intenta mantener claro en su cabeza.
Igor pierde fuerzas con cada kilómetro. Habla cada vez menos, apoya cada vez más peso sobre Dmitri, que ya no siente los brazos de tanto sostenerlo.
—No te detengas a hablar —dice Dmitri, cuando nota que Igor empieza a arrastrar las palabras—. Quédate conmigo. Cuéntame algo, lo que sea.
—¿Como qué? —murmura Igor, con un hilo de voz.
—Lo que quieras. Tu casa. Tu familia. Lo que vamos a hacer cuando salgamos de esto.
Igor sonríe apenas, un gesto débil en medio del dolor.
—Mi madre... hace un borscht que no tiene comparación. Cuando volvamos, te voy a invitar.
—Trato hecho.
Siguen así, kilómetro tras kilómetro, Igor hablando de pequeñas cosas para no perder la conciencia, Dmitri escuchando, respondiendo, cualquier cosa que los mantenga avanzando.
Cuando ya empieza a clarear el cielo, una luz aparece en la distancia: no el resplandor naranja de un incendio, sino el blanco fijo de reflectores. Un puesto de control, con la bandera correcta ondeando sobre la entrada, soldados con uniformes que Dmitri reconoce sin dudar.
—Igor. Mira.
Igor levanta apenas la cabeza, los ojos entrecerrados por el agotamiento, y ve también la luz.
—Casi... casi llegamos.
Las últimas decenas de metros son las más largas de todo el trayecto. Un centinela los ve acercarse y grita una alerta; en segundos, varios soldados corren hacia ellos, armas en alto al principio, bajándolas apenas reconocen los uniformes destrozados pero identificables.
—¡Médico! ¡Necesitamos un médico aquí! —grita uno de ellos.
Dmitri deja que le quiten el peso de Igor de encima, viendo cómo lo recuestan con cuidado sobre una camilla improvisada. Las piernas le fallan al fin, ahora que ya no tiene que sostener a nadie, y se deja caer de rodillas sobre la tierra del puesto fronterizo.
—Soldado, ¿me escucha? —pregunta un oficial, agachándose junto a él—. ¿De dónde vienen?
—Severgorsk —responde, con la voz raspada, casi irreconocible—. Escuadrón Águila Uno. Derribados. Solo quedamos nosotros dos.
El oficial intercambia una mirada con otro soldado cercano, una mirada que Dmitri no logra interpretar del todo, mezcla de sorpresa y algo más, algo parecido a la preocupación.
—¿Severgorsk? —repite el oficial—. Llevamos tres días sin poder establecer contacto con nadie ahí dentro. Pensábamos que no quedaba nadie con vida.
Dmitri no tiene fuerzas para explicar todo lo que vieron: los vehículos sin cuerpos, el hospital ardiendo solo, los helicópteros derribados, las facciones peleándose entre sí sin que nadie supiera bien por qué. Solo asiente, despacio.
—Hay mucho que contar.
El oficial lo ayuda a ponerse de pie, sosteniéndolo del brazo mientras caminan hacia el interior del puesto.
—Tendrá tiempo. Primero, descansen. Después, hablamos de Severgorsk.
Dmitri mira hacia atrás, una última vez, hacia el horizonte donde la ciudad sigue ardiendo, lejana ya, casi como un mal sueño del que apenas empieza a despertar.
No sabe qué fue lo que pasó ahí dentro. Tal vez nunca lo sepa del todo. Pero está vivo, e Igor también, y por ahora, eso es suficiente.
FIN
— fin —