EL GUERRERO PEPE
TOMO II
EL ALGODON Y EL HIERRO
Cuando el Estado se convierte en el enemigo
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«Copiaron mi cuerpo. Pero aun así no pudieron conmigo.»
— Mayor Pepe, AR-7741-FELPA
ARENIA EDITORIAL
Para todos los que sobrevivieron lo suficiente como para ver que el monstruo tenía uniforme propio.
PRÓLOGO
Lo que deja una guerra ganada
Ganar una guerra no devuelve los muertos.
No repara los edificios a medias ni borra las pesadillas de quienes durmieron durante meses con un ojo abierto. No devuelve la audición a los artilleros ni las manos completas a los zapadores ni los años robados a los niños que crecieron en los sótanos. Ganar una guerra, en el mejor de los casos, cierra una herida lo suficiente como para que el cuerpo pueda sobrevivir al invierno. Lo que venga después depende de cuánto cuidado se le ponga a la cicatriz, y de cuánta gente con las manos en el cuchillo esté esperando a que todos duerman.
Arenia celebró el armisticio con banderas y fuegos artificiales sobre el río. Los periódicos publicaron retratos de héroes. Los discursos hablaron de sacrificio, de futuro, de la dignidad recuperada del pueblo. Tres días después los fuegos se apagaron, los periódicos cubrieron el peso de otra guerra, y el pueblo que había sobrevivido comenzó el trabajo lento y sin gloria de reconstruir lo que las bombas habían dejado: carreteras destruidas, fábricas vacías, familias que esperaban en los andenes a alguien que no iba a bajar de ningún tren.
Tres días después del armisticio, los representantes del Principado de Calvos enviaron una nota diplomática desde sus islas al este. Felicitaban a Arenia por la victoria. Expresaban su deseo de mantener relaciones cordiales. Firmaban con el sello de su príncipe y no pedían nada a cambio.
Nadie en el Ministerio de Guerra le prestó mayor atención. Era Calvos — neutral siempre, insular siempre, irrelevante siempre.
Esa nota quedó archivada en algún cajón del tercer piso.
Catorce meses después, ese cajón sería lo más importante que tenía Arenia.
En Arenia Regional, lejos de los andenes y los discursos, había una cabaña pequeña entre los pinos del sur. Tenía una estufa de leña que cruía por las noches, una mesa con dos sillas que casi nunca se usaban las dos al mismo tiempo, y una ventana desde la que se veía el bosque amanecer. Era el tipo de lugar que uno se imagina cuando lleva demasiado tiempo sin dormir bajo techo.
El Mayor Pepe vivía ahí desde el armisticio. No por orden. Por elección, que era algo distinto.
Mateo lo visitaba los martes cuando podía. Llegaba con la mochila llena de piezas de radio que no necesitaba reparar y las reparaba de todas formas porque necesitaba tener las manos ocupadas. La señora Dolores dejaba té en la mesa sin preguntar si alguien lo quería, porque en esa cabaña nadie pedía las cosas, simplemente aparecían. El Coronel Vance escribió una vez, en una carta que Pepe guardó sin responder: «Espero que el silencio le esté haciendo bien. Se lo ganó.»
El silencio le estaba haciendo bien.
Duró catorce meses.
Lo que nadie vio — o nadie quiso ver — era lo que caminaba por los pasillos del Ministerio de Guerra mientras la ciudad festejaba. El General Malakor llevaba dieciocho meses planificando. Dieciocho meses en los que firmó decretos, presidió reuniones, estrechó manos, guardó silencio en los momentos precisos y habló en los momentos en que el silencio habría levantado sospechas. Era un hombre de una paciencia que la gente honesta tiende a confundir con moderación. No era moderado. Era meticuloso. Y cuando todo estuvo listo, no golpeó: simplemente cerró la mano.
El Mayor Pepe estaba en su cabaña cuando comenzaron los disparos sobre la capital. La estufa cruía. El té de la señora Dolores estaba sobre la mesa, todavía caliente.
En la pantalla de televisión, un hombre con su cara — su cara exacta, sus ojos de botón, su talla, su pelaje castaño, pero sin una sola cicatriz — marchaba al frente de las tropas del dictador.
Pepe lo miró durante un tiempo largo. Luego miró sus propias manos. Las costuras del hombro izquierdo, el parcheado del costado, la marca de quemadura en la muñeca derecha donde una esquirla hizo contacto en el Paso de las Tres Águilas.
Mateo entró corriendo por la puerta trasera con el radio pegado a la oreja y los ojos muy abiertos.
—Las órdenes de arresto llegarán antes del amanecer —dijo sin aliento—. He hablado con Okonkwo. Tienen una ruta al sur.
Pepe no apartó los ojos de la pantalla.
—¿Qué hago con el té? —preguntó la señora Dolores desde la cocina, porque era la clase de persona que cuando el mundo se rompe busca algo concreto que todavía pueda hacer.
—Déjelo —dijo Pepe, y su voz era plana y fría como el acero en invierno—. Ya no volvemos aquí.
Memorando Interno #CENS-084 — Ministerio de Seguridad del Estado (Formerly: Defensa):
«Se ordena la quema y destrucción confidencial inmediata de toda correspondencia civil proveniente del Sector Sur. Los textos incluyen referencias a civiles fallecidos por desnutrición aguda, quejas directas contra el régimen y menciones explícitas al nombre del Mayor Pepe como figura de resistencia. Dichos testimonios contradicen el discurso oficial y deben ser erradicados antes de su distribución. Toda persona que intercepte o distribuya dichos materiales será procesada bajo el Decreto de Seguridad Interior núm. 7.»
CAPÍTULO I
El Ministerio siempre supo
Había algo que el pueblo de Arenia no conocía sobre el Ministerio de Guerra: que nunca había sido limpio.
No fue una corrupción que llegara con Malakor. Fue una que Malakor encontró ya instalada, bien aceitada, funcionando con la eficiencia de las máquinas que no necesitan vigilancia porque sus piezas se cuidan solas. Los contratos de suministros militares que llegaban firmados con el sello de la República y los números de cuenta de empresas fantasma en el Principado de Calvos. Los informes de inteligencia editados antes de llegar al Parlamento. Los almacenes de reserva cuyos inventarios oficiales multiplicaban por tres el contenido real, y la diferencia se evaporaba en alguna parte del camino entre la fábrica y el depósito. El pan de serrín y cebada que los soldados comieron en los peores meses del sitio de Zuran Central no fue resultado del desabastecimiento del enemigo. Fue resultado de almacenes llenos a ochenta kilómetros de distancia cuyos registros estaban mal archivados.
El Coronel Vance lo había sospechado. Había documentos, conversaciones a media voz, una auditoría interna que empezó en enero y fue cancelada en marzo con una explicación que nadie recordó después con claridad. Lo que Vance no sabía —lo que nadie sabía, porque Malakor fue meticuloso en esto sobre todas las cosas— era que la estructura del Ministerio podía darse la vuelta como un guante. Que las mismas redes que hacían desaparecer contratos podían hacer desaparecer personas. Que los mismos canales que filtraban información podían bloquearla.
El golpe del día de la conmemoración no fue un asalto. Fue la consolidación de algo que llevaba años construyéndose. Malakor no tomó el Estado. Reveló que ya lo tenía.
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El nombre de la nueva institución era Consejo de Defensa Nacional, pero todo el mundo lo llamaba por lo que era: el Ministerio de Seguridad del Estado, con poder sobre todas las instancias anteriores, sobre los tribunales, sobre la prensa, sobre los movimientos de personas entre provincias. El primer decreto que publicó fue la suspensión indefinida de las garantías constitucionales por «amenaza inminente de nueva agresión exterior». El segundo fue la prohibición de reuniones de más de cuatro personas en espacios públicos. El tercero, que se publicó sin anuncio previo en la gaceta de las tres de la mañana, fue la orden de busca y captura del Mayor Pepe.
Los ciudadanos que vieron las primeras transmisiones del golpe y vieron al clon con la cara de Pepe al lado del dictador respondieron de dos formas. Unos creyeron que era él. Otros —los que habían vivido lo suficiente cerca de la guerra como para saber cómo se ve alguien que ha estado en ella— buscaron las cicatrices. El clon no las tenía.
Eso no fue suficiente para salvar a nadie esa primera semana. Pero fue suficiente para que algunos empezaran a hacer preguntas en voz muy baja.
Cuaderno Anónimo, Sector Sur de la Capital — Día 4 del Nuevo Régimen:
«Vi al clon en la pantalla durante la ceremonia. Mis vecinos lo vieron también. Algunos dijeron: ‘es Pepe, ha traicionado’. Yo no dije nada. Yo conocí a Pepe cuando pasó por nuestra calle en el desfile del armisticio. Tenía la oreja chamuscada. El de la televisión no la tiene. No sé qué es lo que han puesto ahí, pero no es él. Escribo esto y lo escondo entre las tablas del suelo porque si lo leen me llevan. Pero que quede escrito.»
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El doctor Silva fue detenido en el tercer día. No en su casa —ya había salido de ella— sino en el puesto de control del puente norte, con un maleta médico y documentación que, bajo el decreto de emergencia, fue clasificada como «material comprometedor» sin más especificación. Lo enviaron al Centro Médico de Apoyo del Sector Norte, que era el nombre oficial de lo que sus presos llamaban simplemente El Fondo: un complejo a las afueras de la ciudad fronteriza de Raskha donde los médicos y técnicos que el régimen no podía fusilar por su utilidad práctica eran retenidos para trabajar en condiciones que el Convenio de Ginebra no habría reconocido como compatibles con ningún estándar de dignidad.
Silva pasó las primeras doce horas de detención en una celda de paredes húmedas que olía a metal oxidado y a algo más profundo y antiguo que prefería no identificar. Le dieron un cuenco de caldo que tenía la consistencia del agua de fregar y la temperatura de la rendición. Se lo bebió de todas formas porque era médico y sabía que deshidratarse era una forma innecesaria de morirse, y morir en ese sótano era, en ese momento, exactamente lo que no pensaba hacer.
Limpió sus gafas con el forro de la bata —lo único que le habían dejado— y se sentó a esperar. Los médicos saben esperar. Es parte del oficio.
CAPÍTULO I — INTERLUDIO I: EL CLON
No había nombre para lo que era.
Había órdenes. Había movimiento. Había una secuencia de instrucciones que el cuerpo ejecutaba con la precisión de algo fabricado para no equivocarse, porque eso era exactamente lo que era: algo fabricado para no equivocarse.
Marchó al frente de las tropas del dictador bajo las luces de las cámaras. Los soldados a su lado tenían el paso firme y los ojos al frente. Él también. Eso era lo que correspondía. Eso era lo que hacía.
Pero en algún punto del trayecto —entre la tercera farola y la cuarta, en el tramo donde el pavimento cambiaba de textura bajo las botas— algo interrumpió la secuencia.
No fue una orden. No fue un error.
Fue una pregunta.
No supo de dónde vino. No tenía mecanismo para rastrearla. Solo supo que estaba ahí, quieta y sin respuesta, como una señal de radio en una frecuencia que nadie había programado para escuchar.
¿Por qué?
El paso no cambió. La expresión no cambió. Las cámaras no captaron nada.
Pero la pregunta siguió ahí.
CAPÍTULO II
La fuga y los ríos del sur
Pepe y Mateo cruzaron el río por el vado de la infancia.
Era el mismo que Mateo había cruzado de niño pescando con su padre, cuarenta centímetros de profundidad sobre un lecho de guijarros planos que con el invierno estaban cubiertos de hielo negro. El agua estaba cerca del cero. Mateo se quitó las botas, se las ató al cuello, y cruzó. El frío le entró por los pies con la precisión de un cuchillo hasta los gemelos, luego hasta las rodillas, y en algún momento su cuerpo renunció a registrarlo como dolor y pasó a registrarlo simplemente como un hecho ambiental. Pepe cruzó a su lado sin necesidad de quitarse las botas porque no tenía terminaciones nerviosas que protestar.
Llegaron al campamento de los bosques del sur en la madrugada del tercer día. El campamento no era el mismo de la guerra: era más pequeño, más precario, cavado entre los pinos con la urgencia de quien sabe que tiene horas y no días. El sargento Okonkwo los estaba esperando con dos linternas apagadas y la expresión de alguien que ha pasado setenta y dos horas sin dormir y no piensa perder tiempo en saludos.
—Hay diecisiete personas aquí —dijo—. Once veteranos. Cuatro civiles que escaparon de la capital. Un periodista que tiene material comprometedor del Ministerio y no sabe qué hacer con él. Y un niño de doce años que apareció solo hace dos noches y se niega a decir su nombre.
Pepe lo miró.
—¿Cómo se llama el periodista?
—Se hace llamar Rendo. No sé si es su nombre real.
—Hazme hablar con él primero.
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Rendo tenía cuarenta y tres años y una barba que no era deliberada sino el resultado de no haber podido afeitarse en semanas. Había trabajado durante diez años como redactor en el Diario de Arenia, un periódico que antes del golpe era moderadamente independiente y después del golpe había tardado tan solo cuarenta y ocho horas en convertirse en un portavoz del Consejo de Defensa Nacional con el logo del periódico en la cabecera y el texto del Ministerio en las páginas. Rendo había visto cómo su director firmaba el primer comunicado oficial sin leerlo, con la mano ligeramente temblorosa y la mirada fija en el hombre que estaba de pie junto a la puerta.
Lo que tenía en los bolsillos interiores del abrigo —cosido con hilo de pescar, de la misma forma compulsiva con que Mateo siempre buscaba algo que coser cuando estaba nervioso— era una copia de los Acuerdos del Laboratorio 7: los contratos originales de financiación del Proyecto Réplica, firmados por Malakor dieciocho meses antes del golpe, cuando todavía era Ministro de Guerra de la República y el Proyecto Réplica financiaba la clonación como «investigación de materiales de defensa de interés nacional».
Los documentos demostraban, página por página, que Malakor había planeado el golpe mientras servía al gobierno que iba a derrocar. Y que había usado fondos públicos para hacerlo.
Pepe leyó los documentos durante veinte minutos sin decir nada. Cuando terminó, los dobló con cuidado y se los guardó en el bolsillo interior del chaleco. El que Mateo le había cosido para los mapas, tantos años atrás. Que el mundo fuera lo suficientemente raro para que ese gesto se repitiera era una de las pocas cosas que Pepe encontraba cercanas a lo que los humanos llamaban ironía.
—Estos documentos necesitan llegar al exterior del continente —dijo—. A la Comisión de Naciones de Orvalia.
—Las fronteras están cerradas —dijo Rendo.
—Todas las fronteras terrestres —dijo Pepe—. Hay alguien en el Ministerio que puede ayudar a sacarlos. Alguien que todavía está dentro.
Rendo lo miró.
—¿Quién?
Pepe guardó silencio un momento. Luego:
—Alguien que lleva años en ese ministerio y que nunca estuvo de acuerdo con nada de lo que se hacía en él.
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La Subsecretaria Alicia Vorn llevaba doce años trabajando en el Departamento de Logística del Ministerio de Guerra. Era conocida entre sus colegas por tres cosas: su memoria para los números, su incapacidad total para la conversación de pasillo, y su hábito de llegar a la oficina antes que nadie y revisar los archivos de distribución de recursos con la misma atención que otros ponían en sus cafés de la mañana. Hacía tres años había encontrado las primeras discrepancias en los inventarios de suministros. Hacía dos años había presentado un informe interno que fue archivado sin respuesta. Hace un año había empezado a guardar copias de todo en un lugar que no era su oficina.
No era una heroína. No había planeado serlo. Era una funcionaria de rango medio con una capacidad excepcional para los números y una intolerancia profunda, casi visceral, hacia las cuentas que no cuadraban.
La nota llegó a su escritorio disfrazada de formulario de actualización de inventario. Cinco líneas escritas a mano en el reverso de un formulario D-113, con la letra apretada y sin firma. El mensaje era simple: nombre de un punto de contacto, hora, lugar. Una referencia a los contratos del Laboratorio 7 que solo alguien que los hubiera leído podría conocer.
Alicia Vorn quemó el formulario en el lavabo del tercer piso, como hacía con todo lo que no debía existir en papel. Luego volvió a su escritorio, abrió el archivo de suministros del mes anterior, y siguió trabajando. Por dentro, algo que había estado esperando durante tres años acabó de decidirse.
Carta no enviada, encontrada en los fondos del Ministerio — sin fecha:
«...Esta madrugada tuve que supervisar la incautación de correo civil del Sector 9. Cuatrocientas doce cartas. La mayoría de madres a hijos. Algunas de hijos a padres. Hay una de una mujer llamada Carmen a alguien llamado Julián. Habla del pan de serrín. De los marcos de las ventanas quemados para dar calor. Del frío que tiene su hija. Tuve que firmar la orden de destrucción. La firmé. Sigo firmando cosas. Pero estoy guardando copias de todo, y llegará el día en que alguien lea esto y sepa que lo que pasó aquí no fue invisible.»
CAPÍTULO III
Los días de barro y radio
El invierno llegó sin anunciarse el treinta y uno de octubre, con una tormenta que depositó veinte centímetros de nieve húmeda sobre los bosques del sur en menos de doce horas y convirtió los caminos en barrizales en los que los vehículos se hundían hasta los ejes. El campamento de la resistencia no era un campamento de invierno. Las tiendas no estaban preparadas para ese tipo de frío. Los generadores de emergencia consumieron el combustible de reserva en cuatro días.
Los hombres aprendieron a turnarse bajo las mantas. A comer lo que había —raciones de combate caducadas, pan que Okonkwo fabricaba con una harina tan adulterada que el resultado final era más cercano al cartón que al alimento, raíces que dos de los veteranos sabían cuáles no eran tóxicas— sin quejarse porque quejarse no calentaba nada. El niño sin nombre que había llegado solo se llamó Él en los primeros días hasta que una mañana, cuando Mateo le preguntó cómo se llamaba sin esperar respuesta, contestó «Bruno» con la misma voz que uno dice algo que lleva tiempo guardando.
Bruno tenía doce años y un padre que había intentado resistir al golpe en el primer día y no había vuelto. La madre no estaba. Había caminado tres días desde la capital siguiendo las vías del tren hasta que los árboles empezaron a cerrarse alrededor del camino y dedujo que los bosques eran un buen sitio para esconderse.
Mateo le enseñó a manejar el equipo de radio. Bruno resultó tener una aptitud para los códigos y las frecuencias que nadie había previsto y que el sargento Okonkwo catalogó como «un desperdicio brutal que este chico esté en un bosque y no en una academia». Bruno escuchaba sin réplica, aprendía con la velocidad callada de quien ha tenido que aprender a sobrevivir sin ayuda, y cuando nadie miraba se sentaba junto a Pepe y lo observaba con la misma atención que otros niños pondrían en una fogata.
Una noche, sentado en ese silencio, Bruno preguntó:
—¿Te duele?
Pepe lo miró desde el sillón improvisado de cajones.
—¿El qué?
—Las costuras. Las que se ven.
Pepe consideró la pregunta con seriedad.
—No. Pero las siento.
—¿Y los clones?
Un silencio más largo.
—Los clones no sienten nada —dijo Pepe—. Por eso son peligrosos.
Bruno asintió, como si eso explicara algo que había estado intentando entender.
—Mi padre tenía cicatrices también —dijo—. De la primera guerra. En el antebrazo derecho.
Pepe no respondió. A veces la respuesta correcta es no decir nada y dejar que el silencio ocupe el lugar que las palabras no pueden llenar.
CAPÍTULO III — MEMORIA I
Los martes Mateo llegaba sin avisar.
Siempre con algo en la mochila que no necesitaba reparación y que reparaba de todas formas. Una vez fue un transmisor de los años de la primera guerra, oxidado hasta los tornillos, completamente inútil. Tardó tres horas. Cuando terminó lo dejó sobre la mesa y tomó el té como si nada.
La señora Dolores nunca preguntó por qué venía. Solo ponía una taza más.
El bosque en otoño olía a pino húmedo y a tierra que todavía guarda el calor del verano en algún lugar muy adentro. Pepe lo sabía porque Mateo se lo había dicho una vez, sentado en el escalón de la cabaña con los pies descalzos sobre la hierba.
Pepe no olía. Pero recordaba haberlo escuchado decir eso.
Y eso era suficiente.
CAPÍTULO III — INTERLUDIO II: EL CLON
Le mostraron una fotografía.
Era protocolo estándar de identificación de objetivos: rostro, número de serie, último paradero conocido. El oficial que se la entregó lo miró con la atención discreta de quien espera una reacción y no quiere que se note que espera.
Él miró la fotografía.
Era su cara. Sus ojos. Su pelaje castaño. Su talla exacta.
No era él.
Eso lo supo de inmediato, con una certeza que no venía de ninguna instrucción sino de algo más profundo y sin nombre que las instrucciones. La diferencia no estaba en los rasgos. Estaba en lo que los rasgos cargaban. El de la fotografía tenía una oreja con una marca de quemadura leve en el borde inferior. Una costura reforzada en el hombro izquierdo que no era de fábrica. Un parcheado en el costado derecho hecho con hilo de un calibre ligeramente distinto al original.
Cicatrices.
Él no tenía ninguna.
—¿Lo reconoce? —preguntó el oficial.
—Sí —dijo. Era la respuesta correcta. La dio.
Pero mientras el oficial archivaba la fotografía y continuaba el briefing, él se quedó con esa diferencia entre los dedos como quien sostiene algo que no sabe todavía si es importante o no, y que no puede soltar.
― ★ ―
La conexión con Alicia Vorn se estableció en la tercera semana. El canal era indirecto y lento: un mensajero que llevaba notas escritas en papel de fumar dobladas en cuatro, camufladas entre los formularios de solicitud de suministros médicos del sector norte, que pasaban a través de dos intermediarios antes de llegar a manos del periodista Rendo, que las decodificaba y las entregaba a Pepe.
Los primeros mensajes de Vorn fueron cautelosos. Información verificable pero no comprometedora: horarios de patrullas en el sector oeste, movimientos de personal en el Ministerio, una lista de funcionarios que habían pedido traslado y habían sido negados. Con el tiempo, los mensajes se volvieron más específicos. Coordenadas de depósitos logísticos. Un mapa del sistema de comunicaciones internas del Ministerio. Y finalmente, lo que Pepe había estado esperando: la ubicación del Laboratorio 7.
La doctora Kassel, creadora del Proyecto Réplica, seguía trabajando allí. Según Vorn, no lo hacía por elección.
Nota de campo — Sargento Okonkwo, 23 de Noviembre:
«Temperatura a las 04:00: menos doce grados centígrados. La fusión congeó el mecanismo del fusil del soldado Arenas. La mitad de los hombres tienen principio de congelación en los dedos de los pies. No nos queda alcohol sanitario para uso externo. El pan de ayer sabía a serrín porque literalmente tenía serrín. Bruno no se quejó. Tampoco Pepe. Sospecho que el niño aprendió eso del orangután.»
CAPÍTULO IV
Lo que Mateo dejó escrito
En la cuarta semana de diciembre, el Ministerio de Seguridad del Estado endureció el cerco sobre los bosques del sur. No con tropas —eso habría requerido enviar hombres al frío, y los hombres en el frío se quejan y desertan y escriben cartas que luego hay que quemar— sino con drones de vigilancia térmica que sobrevolaban los pinares cada seis horas en una cuadrícula sistemática.
Mateo había desarrollado un protocolo de contramedidas: lonas aluminizadas sobre los techos de las tiendas, fuegos mínimos y estrictamente controlados, turnos de movimiento que evitaran las ventanas de sobrevuelo. Era un protocolo que funcionaba, pero que exigía una disciplina constante y agotadora que erosionaba la resistencia de los hombres más lentamente que el frío, pero con la misma certeza.
Fue en esas semanas cuando Mateo empezó a escribir.
No era algo que hubiera hecho antes. No era escritor. Pero había algo en el silencio de las guardias nocturnas, con el sonido del viento entre los pinos y el zumbido lejano de los drones, que necesitaba salir de alguna forma, y la única herramienta que tenía disponible era un cuaderno de campo y un lápiz de carpintero con la punta rota que afilaba con el cuchillo cada dos días.
Escribió sobre la guerra anterior. Sobre las noches en el puesto de observación de Camp Torvak con Pepe inmóvil a su lado mirando la pantalla de radar sin parpadear. Sobre el cruce del callejero del Relojero y la viga que casi mata a Pepe y él que lo sacó de ahí con una palanca y mucho miedo. Sobre la mañana que Pepe volvió del puesto de mando enemigo con información de alto valor y un trozo de pelaje menos en el costado, y cómo respondía «no es necesario» cuando Mateo le decía que iba a remendarlo.
Escribió también sobre el presente. El pan de serrín. El frío que no da aviso. Bruno aprendiendo códigos de radio con la misma cara seria que uno pone cuando hace algo que sabe que importa. La señora Dolores, que no había podido venir al sur y de quien no habían tenido noticias desde el golpe.
Pepe encontró el cuaderno un martes por la mañana, sobre el cajón que servía de mesa. Lo leyó entero sin interrupciones. Cuando terminó, lo dejó donde estaba y no dijo nada durante el resto del día.
Por la noche, cuando ya todos dormían, Mateo lo encontró sentado frente al cuaderno.
—Lo leíste —dijo Mateo. No era pregunta.
—Sí.
—¿Qué te parece?
Pepe lo miró con sus ojos de botón, que en la penumbra del bosque tenían una densidad particular, como si absorbieran la oscuridad en lugar de reflejarla.
—Que hay cosas que merecen quedar escritas —dijo—. Sigue escribiendo.
Mateo asintió. Se sentó. Tomó el lápiz. Y siguió.
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El contacto con el exterior del continente se logró a través de la Comisión de Naciones de Orvalia mediante una ruta que Vorn había identificado en los archivos del Ministerio: un canal diplomático encriptado que Malakor no había cerrado porque no sabía que existía. Pertenecía al Principado de Calvos, que por su posición insular había logrado mantenerse neutral, y lo mantenían activo como línea de emergencia para sus propios ciudadanos en Arenia.
Mateo adaptó el transmisor de campo para operar en esa frecuencia. Tardó cuatro días. El resultado fue una transmisión de diecisiete minutos enviada en código al representante del Principado de Calvos ante la Comisión, que recibió los documentos de Rendo en formato de imagen fotográfica, los descodificó y los presentó ante la Comisión de Seguridad Colectiva de Orvalia cuarenta y ocho horas después.
La Comisión emitió una declaración que no hacía nada concreto pero que dejaba constancia oficial de los crímenes del régimen. Era un paso pequeño. Era también el primer paso hacia algo que no podían ignorar.
Malakor lo supo al día siguiente. Y subió la apuesta.
Extracto de cuaderno de Mateo, sin fecha exacta:
«Hoy encontré a Bruno callando un llanto en el río. No me vio. Me fui sin decir nada. Hay cosas que la gente necesita hacer sola. Pero me quedé cerca, por si acaso. Eso es lo que me enseñó la guerra: que a veces acompañar no significa hacerse notar. Pepe lleva años haciéndolo. Yo tardé mucho en aprenderlo.»
CAPÍTULO V
El cerco
La respuesta de Malakor a la declaración internacional fue calculada y brutal en partes iguales, que era cómo Malakor hacía las cosas. Ordenó la detención preventiva de todos los funcionarios del Ministerio que habían tenido acceso al canal diplomático de Calvos en los últimos seis meses. Eran cuarenta y tres personas. Ninguna de ellas era Alicia Vorn, porque Vorn no había dejado ningún rastro en los registros de acceso, y los registros de acceso eran lo único que Malakor revisaba cuando buscaba filtraciones.
Simultáneamente, cuadruplicó la frecuencia de los drones sobre los bosques del sur y desplazó tres unidades de infantería ligera a la zona perimetral. No eran suficientes para peinar los bosques con eficacia, pero eran suficientes para cortar las líneas de suministro que el campamento usaba para recibir materiales desde las aldeas del borde del bosque.
La primera semana del cerco fue de ajuste. La segunda, de escasez real. En la tercera, el pan de serrín de Okonkwo había pasado a ser directamente harina de corteza de pino hervida, que tenía valor calórico en sentido estricto y un sabor que nadie describiría como agradable.
Fue Okonkwo quien oyó primero el movimiento en el sector este. Eran las tres de la madrugada de un miércoles y el viento estaba en calma, que era exactamente la condición en que se oyen las cosas que no deberías oír. Saltó a Mateo. Mateo saltó a Pepe.
La evacuación del campamento fue ordenada y silenciosa. Lo habían practicado cinco veces en condiciones controladas porque Pepe insistía en practicar cosas que no quieres tener que improvisar cuando importan. Bruno recogió el equipo de radio en cuatro minutos y medio, lo que era un minuto por encima del protocolo, pero nadie dijo nada porque eran las tres de la madrugada y doce años y frío extremo.
Se dividieron en tres grupos. El primero, liderado por Okonkwo, avanzó al norte. El segundo, con los civiles y Bruno, al oeste. El tercero —Pepe, Mateo y Rendo— permaneció en el sector central para crear la distracción que permitía a los otros cruzar el perímetro.
Los drones vieron el fuego del sector central. Los drones eran excelentes siguiendo el calor. Los dos caminos del norte y el oeste eran fríos bajo las lonas aluminizadas que Mateo había distribuido entre los grupos. Los soldados del perímetro respondieron al fuego del centro. Los otros dos grupos cruzaron el perímetro.
Mateo estaba encendiendo la tercera bengala cuando la esquirla le alcanzó.
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No fue un disparo. Fue el impacto secundario de una granada de fragmentación que cayó a seis metros y mandó astillas de roca y metal en un arco de noventa grados. Pepe estaba a cuatro metros en el momento del impacto. Rendo, a ocho.
Mateo estaba exactamente en el centro del arco.
El sonido que Pepe identificó no fue la explosión —eso ya lo había oído cientos de veces— sino el silencio que siguió donde debía estar Mateo.
Lo encontró en el suelo tres metros más allá. No había gritos, porque Mateo había aprendido en la primera guerra que gritar en combate revelaba posiciones, y eso no se olvida, aunque el cuerpo ya no pueda obedecer el resto de lo que el cerebro pide.
Pepe estuvo junto a él los cuatro minutos que tardó Rendo en llegar con el botiquín. Cuatro minutos en los que el barro del bosque estaba húmedo y frío y el viento llevaba el sonido de las botas de las patrullas, todavía a distancia, pero aproximándose. Mateo respiraba. Eso era lo que Pepe repetía para sí mismo como si el pensamiento pudiera ser una forma de sostenerlo: respira.
Rendo trabajó con lo que tenía, que no era mucho, y con las manos de alguien que nunca había sido sanitario pero que había cubierto suficientes guerras como para saber la diferencia entre lo que puede esperar y lo que no puede. Cuando levantó la vista, la expresión de su cara le dijo a Pepe todo lo que necesitaba saber antes de que Rendo abriera la boca.
—Hay que moverle de aquí ahora —dijo Rendo en voz muy baja.
—¿Puede moverse?
Una pausa de un segundo exacto que era el tiempo que necesita alguien para decidir si mentir o no.
—Con ayuda.
Lo llevaron entre los dos. Pepe bajo el brazo derecho de Mateo, Rendo bajo el izquierdo. El bosque era oscuro y el suelo irregular y en ningún momento Mateo hizo ningún sonido que no fuera la respiración, que se fue haciendo más trabajosa a medida que avanzaban.
Cruzaron el perímetro por el punto que Pepe había identificado en el reconocimiento de la semana anterior: una abertura de cuatro metros entre dos posiciones de patrulla que durante siete minutos cada cuarenta estaba sin cobertura directa.
Lo pusieron en el suelo al otro lado del perímetro, bajo los pinos, donde el frío era menos por las copas que interrumpían el viento. Mateo tenía los ojos abiertos y miraba al cielo con la expresión de alguien que está tratando de reconocer algo.
—Pepe —dijo. Su voz era baja pero clara.
—Estoy aquí.
—El cuaderno. —Una pausa para respirar—. En el bolsillo interior del chaleco.
—Lo tengo —dijo Pepe, aunque no lo tenía todavía. Lo tendría.
—Guárdalo.
—Lo guardaré.
—Y el kit de costura —dijo Mateo, y había algo en su voz que Pepe conoció de inmediato, la misma densidad particular de quien sabe exactamente dónde está—. Úsalo. No digas que no es necesario.
Pepe no dijo nada durante un momento. El bosque estaba en silencio. Las estrellas eran extrañamente claras para ser diciembre.
—No diré que no es necesario —dijo.
Mateo asintió una vez. Cerró los ojos. Su respiración siguió durante otro rato, ralentizándose como un motor que se apaga sin violencia. Rendo estaba de rodillas en el barro a su lado y no miraba a Pepe porque las personas en esos momentos necesitan mirar hacia otro lado.
Pepe no apartó los ojos de Mateo hasta que no fue necesario seguir mirándolo.
Luego sacó el cuaderno del bolsillo interior del chaleco de Mateo, lo guardó en el suyo propio. El que Mateo le había cosido para los mapas, tantos años atrás, en un campamento de entrenamiento que ahora parecía pertenecer a otra época del mundo.
En ningún momento de esa noche lloró. No tenía mecanismo para ello. Pero algo en la densidad del silencio que cargó desde ese momento era diferente a todos los silencios anteriores.
Rendo lo entendió sin necesidad de que nadie se lo explicara.
Página final del cuaderno de Mateo — sin fecha:
«No sé quién leerá esto. Supongo que Pepe, que lee todo con esa atención que pone en las cosas como si fuera la última vez que las va a ver, que puede que lo sea. Si alguien más lo lee, que sepa que éramos personas reales. Que el frío era real. Que el pan de serrín era real. Que no luchamos por banderas sino por la gente concreta que conocíamos. Que Pepe tiene cicatrices, y que eso es exactamente lo que le hace ser él, y que ninguna copia del mundo puede reproducir el peso de una cicatriz ganada.»
CAPÍTULO V — MEMORIA II
Había una noche, meses antes del golpe, en que Mateo se quedó dormido en la silla.
No era tarde. Era apenas después de la cena, con el fuego todavía vivo en la estufa y la lluvia golpeando el techo de madera en ráfagas cortas. El transmisor a medio armar estaba sobre la mesa. El té sin terminar, frío.
Pepe lo observó dormir durante un tiempo largo.
No era algo que requiriera atención. Era simplemente alguien durmiendo en una silla, con la cabeza ladeada y la mano todavía suelta sobre las herramientas. Pero había algo en eso —en la forma en que una persona descansa cuando se siente segura— que Pepe registró con la misma atención que ponía en los radares y los mapas y las formaciones de combate.
Mateo nunca durmió así en la guerra.
Pepe no lo había notado entonces. Lo notó esa noche, junto al fuego, con la lluvia afuera y el transmisor a medio armar y el té frío.
Lo notó demasiado tarde para decírselo.
CAPÍTULO V — INTERLUDIO III: EL CLON
La orden era simple: ejecutar al prisionero del sector cuatro.
Tenía nombre en el expediente. Tenía número. Tenía una lista de cargos redactada con la eficiencia de quien ha redactado muchas listas de cargos. Era un médico. Sus gafas estaban sobre la mesa junto al expediente porque se las habían quitado al ingresar y nadie las había devuelto.
Él leyó el expediente. Leyó los cargos. Ejecutó el protocolo de preparación.
Y entonces el médico lo miró.
No con miedo. Con algo distinto —la misma atención discreta con que uno mira algo que no termina de encajar en el lugar donde debería estar. El médico tenía los ojos enrojecidos y las manos quietas sobre las rodillas y una expresión que él no tenía catalogada en ningún protocolo pero que reconoció de todas formas.
Está buscando las cicatrices, pensó. Y no supo cómo sabía eso.
—Usted no es él —dijo el médico, en voz muy baja.
Él no respondió. No había respuesta correcta para eso en ninguna instrucción.
—Lo sé porque lo operé —continuó el médico—. Conozco cada costura. Usted no tiene ninguna.
El silencio duró exactamente el tiempo que tarda alguien en decidir qué hacer con una verdad que no pidió.
Él bajó el arma.
No sabía por qué. No había instrucción para eso. No había protocolo que lo explicara.
Solo sabía que el médico tenía razón. Y que esa era, por primera vez en su existencia, la única información que importaba.
Salió de la celda sin ejecutar la orden. Sin reportar la anomalía. Sin entender completamente qué había pasado, excepto que algo había pasado, y que a partir de ese momento la pregunta que cargaba desde la tercera farola tenía una dirección, aunque todavía no tuviera respuesta.
El médico escuchó los pasos alejarse. Se limpió las gafas con el forro de la bata. Y esperó.
CAPÍTULO VI
La doctora Kassel y el Laboratorio 7
La doctora Vena Kassel no era prisionera en el sentido de que no había barrotes. Había contrato. Había oficina. Había salario, que se depositaba en una cuenta que no podía usar porque el régimen había congelado todos los movimientos financieros no autorizados. Tenía acceso a los laboratorios, a los archivos, al material. Lo que no tenía era salida.
Trabajaba doce horas al día en la expansión del Proyecto Réplica. No porque quisiera. Sino porque la alternativa a trabajar era que lo hiciera el equipo técnico que Malakor había reclutado con métodos que Kassel prefería no examinar, y ese equipo cometería errores que tenían posibilidades reales de producir algo significativamente peor que lo que ya existía.
Esa racionalización la mantuvo durante seis semanas. Después dejó de funcionar.
La nota llegó a través del mismo canal que ella había usado para contactar con la resistencia meses antes: disfrazada de solicitud de material técnico, con el mensaje real escrito en clave en los números de lote de los reactivos químicos solicitados. Cuando Kassel los trasladó a una tabla de frecuencias que solo ella y Pepe conocían, el mensaje decía: Sabemos dónde estás. Cuando quieras salir, nosotros entramos.
Kassel tardó tres días en responder. No por indecisión. Sino porque los tres días los necesitó para hacer algo que cambiaba el cálculo de lo que valdría la pena arriesgar para sacarla: compiló en cuatro discos de almacenamiento físico todo el material del Proyecto Réplica. Los protocolos de clonación. Los códigos de control de las unidades activas. Y el protocolo de desactivación: la frecuencia de señal que interrumpe la coordinación motriz de todos los clones en un radio determinado.
Cosió los discos en el forro de su bata de laboratorio. Con hilo de pescar, como Rendo con sus documentos. Como Mateo con sus bolsillos. Había algo en esa guerra clandestina que convertía a todo el mundo en cosedor.
― ★ ―
La operación de extracción del Laboratorio 7 se planificó en cuatro días y se ejecutó en dieciocho minutos. Pepe lideró el equipo de cinco personas por el canal de ventilación del subsuelo que Vorn había identificado en los planos originales del edificio. El canal era estrecho para todos menos para Pepe, que lo atravesó sin dificultad con la facilidad silenciosa que hacía que Okonkwo lo llamara en los documentos internos «el único soldado que es más peligroso cuanto menos espacio tiene».
Kassel estaba esperando en el almacén de reactivos del sótano a la hora pactada. Cuando vio a Pepe, no dijo nada durante un momento.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente.
Pepe la miró.
—Traiga los discos.
Kassel los sacó del forro de la bata con unas tijeras de laboratorio. Los cuatro. Los puso en la mano extendida de Pepe. Y entonces sí dijo lo que había estado cargando:
—Fui yo quien los creó. No había forma de saber—
—Lo sé —dijo Pepe.
—Debería haberme negado cuando aún podía.
—Sí —dijo Pepe, con la misma voz neutral de siempre. No era crueldad. Era exactitud—. Ahora ayúdeme a apagarlos.
CAPÍTULO VII
El asalto final: lo que costó la capital
El asalto sobre Arenia Capital se ejecutó en enero, con el termómetro en menos catorce y el barro de las calles convertido en una costra de hielo negro que hacía los movimientos urbanos dos veces más lentos y dos veces más ruidosos. No eran las condiciones ideales. No había condiciones ideales.
Tres frentes simultáneos. Okonkwo con el grueso de la resistencia en el sector norte. Rendo y un equipo reducido en el este, con la misión de llegar al edificio de Radiodifusión Nacional y emitir la señal de la doctora Kassel desde la antena principal. Y Pepe, solo, penetrando el palacio por el único canal que no tenía cobertura de clones: el conducto de drenaje del sótano, cuarenta centímetros de diámetro, cien metros de extensión, cero de temperatura.
Bruno estuvo en las comunicaciones esa noche. Desde un punto de transmisión móvil en el sector oeste de la ciudad, coordinando los tres frentes en tiempo real con una frialdad que Okonkwo catalogó después como «irrazonable para alguien de su edad, lo cual lo hace exactamente lo que necesitábamos».
La señal de Kassel se emitió a las dos y diecisiete de la madrugada. Los cien y dos clones activos en el Palacio Presidencial cayeron simultáneamente. El sonido que hicieron al colapsar era como el de centenares de libros cayendo de una estantería: múltiple, suave, definitivo.
Pepe llegó a la sala de comunicaciones del segundo piso mientras los guardias humanos aún estaban procesando qué había pasado. Malakor estaba de pie frente a los monitores. No huyó. Era la clase de hombre que no huye cuando ya sabe que no tiene adónde ir.
—Mayor Pepe —dijo. Su voz era amable hasta el final—. Ha venido solo.
—Sí.
—Sus hombres han sufrido bajas.
—Sí.
—El Cabo Mateo está muerto.
Fue la primera vez que alguien lo dijo en voz alta. Pepe lo registró en el mismo silencio en que había registrado tantas otras cosas.
—Baje las manos de la consola —dijo.
Malakor lo hizo. Sus manos estaban perfectamente quietas, lo que era la única forma honesta que tenía de demostrar que no tenía miedo, que era a su vez la única cosa que le quedaba.
—Esto no termina aquí, Mayor. Lo sabe.
—¿Por qué no?
—Porque lo que yo hice fue revelar una debilidad que existía. Los países vecinos la vieron. Zuran la vio. Las Tierras Libres de Torvak la vieron. Yo soy un problema resuelto. Lo que viene después es el problema real.
Pepe lo miró durante un momento largo.
—Eso es lo que tiene que responder ante un tribunal.
—¿Y usted? ¿Qué tiene que responder usted?
Pepe no respondió. No porque no supiera la respuesta. Sino porque algunos juicios se llevan en otro lugar.
― ★ ―
El amanecer sobre Arenia Capital fue lento y gris, como si el cielo necesitara tiempo para decidir si lo que había pasado durante la noche merecía luz o no. Malakor fue arrestado a las cuatro de la mañana. A las siete, el magistrado jefe del Tribunal Constitucional apareció en las pantallas de televisión. La dictadura había durado ochenta y cuatro días.
En la plaza frente al palacio, la gente salió sin que nadie la convocara. Lentamente, de uno en uno, como algo que descongela. No eran los mismos que habían salido a festejar el armisticio tres años antes. Eran más viejos. Más cautelosos. Más conscientes de lo que una ciudad puede perder en ochenta y cuatro días si nadie presta atención.
Pepe estaba en el balcón del palacio. A su derecha, Okonkwo con el brazo en cabestrillo. A su izquierda, Bruno con los audífonos todavía puestos, aunque ya no había transmisiones que coordinar. Rendo estaba más atrás, tomando notas en el mismo cuaderno que había usado desde el bosque.
La Sargento Elena llegó a las nueve de la mañana desde la academia del norte donde había estado retenida bajo vigilancia durante los últimos dos meses. Tenía la misma expresión que cuando llegaba a cualquier situación: evaluadora, directa, sin teatro. Miró el palacio, miró la plaza, miró a Pepe.
—¿Mateo? —dijo.
—No —dijo Pepe.
Elena asintió una vez, despacio. No dijo nada más porque no había nada más que decir que no fuera menos que eso.
Abajo, en la plaza, alguien empezó a cantar. Era la misma canción del sur que habían cantado en el Paso de las Tres Águilas tres años antes, la que Mateo siempre sabía completa. Una voz fue sumándose a la otra. El sonido subía hasta el balcón del palacio con esa calidad particular que tiene la música cuando la canta gente que no está celebrando sino recordando que están vivos.
Pepe puso la mano en el bolsillo donde estaba el cuaderno de Mateo. No lo sacó. Solo lo sintió ahí.
CAPÍTULO VII — MEMORIA III
Una vez, en los últimos días del otoño, Mateo le preguntó si extrañaba algo.
Era una pregunta rara para hacerle a alguien como Pepe. Mateo lo sabía. La hizo de todas formas, con esa forma suya de preguntar las cosas difíciles en voz baja y mirando hacia otro lado, como si la pregunta fuera menos incómoda si nadie la miraba de frente.
Pepe consideró la pregunta con seriedad, como consideraba todas las cosas.
—El estante número siete —dijo al final.
Mateo lo miró.
—¿Del almacén?
—Desde ahí se veía la puerta principal. Entraba gente todo el día. Nunca la misma dos veces.
Mateo no dijo nada durante un momento. Luego asintió despacio, como quien recibe una respuesta que no esperaba y que de alguna forma explica algo que llevaba tiempo sin entender.
Esa noche, antes de irse, dejó sobre la mesa una fotografía pequeña y algo borrosa del almacén Estanterías del Pueblo. Pepe nunca supo de dónde la había sacado. Nunca se lo preguntó.
La fotografía seguía en la cabaña.
La cabaña ya no existía.
CAPÍTULO VIII
Lo que no se apagó con los clones
Los procesos de reconstrucción comenzaron esa misma semana. El gobierno interino, presidido por el magistrado jefe y asesorado por Alicia Vorn —que fue nombrada directora provisional de la Auditoría General del Estado con poderes de investigación retrospectiva ilimitada— abrió los archivos del Ministerio de Seguridad e inició las primeras audiencias públicas sobre los crímenes del régimen. Era un proceso lento y doloroso que desenterraba cosas que mucha gente había preferido no saber que estaban enterradas.
La doctora Kassel presentó ante la Comisión de Ética en Investigación de Materiales los protocolos completos del Proyecto Réplica. No para que fueran destruidos —eso no previene la repetición— sino para que quedaran documentados, entendidos y custodiados en un archivo de acceso regulado. La Comisión dedicó tres semanas a las unidades de clon que aún estaban inactivas pero estructuralmente intactas tras la desactivación. No había respuesta fácil. No pretendieron que la hubiera.
El doctor Silva volvió del Centro Médico de Apoyo del Sector Norte en la tercera semana. Llegó flaco, con la barba larga y una costilla que Kassel le diagnosticó como fracturada por compresión y que había estado cargando sin decir nada durante semanas porque era médico y los médicos son, en general, pésimos pacientes. Cuando Pepe lo vio llegar, le estrechó la mano sin decir nada, y Silva le apretó los dedos de felpa con la fuerza de alguien que ha estado esperando poder hacer exactamente eso.
El Coronel Vance, que había sido liberado de su celda en el primer día de operaciones, escribió en su diario personal esa noche: «Pepe sigue en pie. Eso era lo que necesitaba saber.»
― ★ ―
Fue en la tercera semana de la transición cuando llegaron las primeras señales desde las fronteras.
No eran nuevas del todo. Malakor había tenido razón en eso, si no en nada más: la dictadura había debilitado Arenia de formas que sus vecinos habían estado observando con atención. La Federación de Zuran había movido tropas al norte del Paso de las Tres Águilas durante los ochenta y cuatro días de la dictadura. Las Tierras Libres de Torvak habían aprovechado el caos para avanzar sus reclamaciones sobre los territorios del este. Y el Principado de Calvos, que había sido neutral durante la primera guerra y había facilitado el canal diplomático de la resistencia, recibía presión de dos frentes simultáneos y había enviado una delegación urgente a la nueva capital de Arenia.
El informe que Alicia Vorn puso sobre la mesa del gobierno interino el lunes de la tercera semana era largo y estaba escrito con la precisión de quien ha aprendido que los números que no cuadran tienen consecuencias reales. La conclusión, en la última página, en una sola frase: «Arenia ha salido de ochenta y cuatro días de dictadura para entrar en el momento de mayor vulnerabilidad continental desde la primera guerra.»
Pepe leyó el informe en la tarde del martes. Solo, en la sala de operaciones que habían instalado en el ala sur del palacio. El cuaderno de Mateo estaba sobre la mesa a su derecha. La Medalla al Valor de Fibra, que alguien le había traído del almacén donde el régimen guardaba los objetos confiscados, estaba a su izquierda.
Leyó el informe hasta el final. Luego lo dejó sobre la mesa. Luego miró por la ventana durante un tiempo que no cronometro nadie.
― ★ ―
Lo que no vino en el informe de Vorn porque no había forma de calcularlo llegó cinco días después, a las once de la noche, en forma de una transmisión de emergencia desde los tres sistemas de alerta simultáneos del nuevo sistema de defensa de Arenia.
Malakor había firmado, cuatro semanas antes de su detención y bajo el nombre en clave de Operación Ceniza, un protocolo de activación automática diferida. No de clones. De algo diferente. En los depósitos industriales subterráneos que el Ministerio había construido durante los ochenta y cuatro días de dictadura, las líneas de producción automatizadas del Proyecto Réplica habían continuado trabajando desconectadas de la red central, sin necesitar órdenes humanas, programadas para activarse si el sistema de control principal dejaba de responder durante más de ciento veinte horas.
El sistema de control principal había dejado de responder el día que Malakor fue detenido.
Ciento veinte horas después, los depósitos subterráneos comenzaron a liberar sus primeras unidades al exterior.
No cien. No doscientos.
Miles.
― ★ ―
Pepe estaba en la sala de operaciones cuando llegó la primera alarma. Bruno estaba en comunicaciones. La Sargento Elena apareció en la puerta dos minutos después con el mismo pelo recogido en trenza y los mismos ojos completamente despejados a cualquier hora. El Coronel Vance llegó el último porque la costilla de Silva le ralentizaba y Vance era demasiado orgulloso para pedirle a alguien que corriera más despacio.
Los radares mostraban los depósitos del norte. Y mostraban también algo más: en el límite norte de la pantalla, los puntos de la Federación de Zuran. En el este, los clanes de Torvak. En el sur, dos columnas sin identificar que los servicios de inteligencia del Principado de Calvos habían etiquetado como «unidades de procedencia desconocida», lo cual era la forma diplomática de decir que había al menos otras dos potencias de Orvalia que habían decidido que esa noche era su noche.
Malakor lo había dicho. Arenia había salido débil de la dictadura. Y cuando algo débil cae, los que han estado esperando se mueven.
Pepe miró los radares durante un momento largo.
Luego miró a Elena.
Luego a Bruno.
Luego al Coronel Vance, que lo miró de vuelta con los ojos que habían visto demasiado y que, aun así, seguían siendo los mismos.
Pepe puso la mano sobre el cuaderno de Mateo, que estaba sobre la mesa junto a los mapas. Lo tocó un segundo. Luego lo apartó y extendió la mano hacia los mapas.
—Bien —dijo, con la misma voz de siempre, la misma que había tenido en Camp Torvak y en Zuran Central y en el Paso de las Tres Águilas y en los bosques del sur y en el sótano donde Mateo había cosido bolsillos que importaban—. Tenemos trabajo.
Afuera, en los bordes de Arenia, el continente de Orvalia comenzaba a arder.
Sobre este libro
Ochenta y cuatro días. Ese es el tiempo que tardó el régimen del General Malakor en destruir lo que una guerra entera había costado construir. En esos ochenta y cuatro días, el algodón donado del Mayor Pepe fue convertido en cien copias de sí mismo: obedientes, impecables, sin cicatrices. Y mientras el clon marchaba al lado del dictador en las pantallas de Arenia, el original —con el suéter azul, el cuaderno de Mateo en el bolsillo y todas las costuras ganadas a pulso— se internó en los bosques del sur con el frío en la felpa y ninguna intención de quedarse allí.
El Algodón y el Hierro es una novela sobre lo que cuesta vivir después de ganar. Sobre los ministerios que nunca fueron limpios y la gente que lo sabía y siguió firmando. Sobre las cartas que se queman y las que se guardan. Sobre el pan de serrín y el barro en enero y los amigos que no vuelven del bosque. Y sobre un orangután de felpa con cicatrices que no puede sangrar ni llorar pero que cargó el cuaderno de quien más quiso en el único bolsillo que importaba.
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TOMO I: El Guerrero Pepe — Disponible
TOMO II: El Algodón y el Hierro — Esta historia
TOMO III: La Guerra de Orvalia — Próximamente
«El verdadero coraje no se mide en huesos ni en fibra.
Se mide en la cantidad de cosas que sigues cargando después de perderlas.»
ARENIA EDITORIAL
— fin —